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17 septiembre, 2009

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CONSIDERACIONES SOBRE TOXICOMANÍAS por Dr. Darío Obstfeld

CONSIDERACIONES SOBRE LAS TOXICOMANÍAS

Dr. Dario Obstfeld

“Quien renuncia a ser el que tiene que ser, ya se ha matado en vida, es el suicida en pie. Su existencia consistirá en una perpetua fuga de la única realidad auténtica que podía ser.”
(Ortega y Gasset, 1930, Pág.78)

El diccionario define al término “adicción” como “hábito de quien se deja dominar por el uso de alguna o algunas drogas tóxicas, o por la afición desmedida a ciertos juegos” (DRAE). En medicina se usa como equivalente de toxicomanía (Moliner). El término “adicto” se aplica a quien “admira, respeta, sigue, acata a alguien determinado (en el sentido de adepto, afecto o devoto). Etimológicamente  proviene del latín adictus, que quiere decir  “adjudicado” o “entregado”, término con el que hacían referencia  en la antigua Roma para designar a una persona en calidad de esclavo .
De manera que al hablar de “adicción” hacemos referencia, habitualmente, a una conducta o a una actitud que tiene un sujeto hacia algo o hacia alguien cuya particularidad está determinada por un tipo de vínculo de entrega o adhesión que puede llegar hasta una dependencia extrema (Casali y Nagy, 1996).
Según Bateson (1987), el término “adicción” en una expresión que sirve para designar cualquier interdependencia sistémica.  Sostiene que las características de una adicción son las de la relación entre dos personas o entre una persona y el ambiente. En dicha relación la modificación en un elemento del vínculo modifica al otro. Plantea además que a menudo una de las partes de dicho vínculo no necesariamente es un ser vivo. De este modo plantea que si la pérdida de algún componente del sistema, disminuye o destruye la vida del otro componente, sería posible decir que un componente tiene adicción por el otro. Esta idea de Bateson da lugar a pensar que si bien no todo vínculo destructivo es adictivo, todo vínculo adictivo, parecería implicar cierto grado de destrucción.
Definir qué es dañino y qué no lo es, no parece ser un tema sencillo ya que en muchas circunstancias, el daño en una función podría ser un “precio” a pagar por un beneficio en otra pero, a pesar de ello, la idea de experimentar un deterioro progresivo en una función o en una capacidad, parecería dar cuenta de aquello que, a los fines del tema que nos ocupa, llamamos “daño”.
La idea de daño parecería entonces hacer referencia al deterioro progresivo que habitualmente se manifiesta en aquellas personas que sufren una adicción, por ejemplo a un fármaco, y que lo han consumido por un tiempo prolongado.
En las toxicomanías y dependiendo de la droga de consumo, existen deterioros en la función de algunos órganos, como puede suceder en el hígado con el cual el consumo masivo y prolongado de alcohol. Pueden coexistir además deterioros cognitivos, sociales, afectivos, laborales, económicos, etc. La lista parece interminable.
Algunos autores (Didia Attas, 2008) hacen hincapié en la conducta compulsiva. En ese sentido describen un estado en el que está diminuida la posibilidad de evitar el consumo y se manifiesta como una pérdida del control, a pesar de que el sujeto conozca las consecuencias adversas.
Por lo tanto, brevemente, las características que parecerían definir a una adicción serían: la compulsión, la pérdida de control respecto del consumo de un “objeto”, la dependencia que se adquiere respecto de él y el consecuente perjuicio que esto acarrea.
A partir de la idea de algunos autores que la adicción puede comprometer tanto a las drogas como al trabajo, el café, las comidas, las personas, los lugares, los objetos de consumo, la sexualidad etc. (Chiozza, 1970f [1964-1966], 1991 ; Musacchio de zan y Ortiz Frágola, 1996, Rodriguez Piedrabuena, 1996, etc. cit. por Casali y Nagy, 1996)), Casali y Nagy, (1997), plantearon que si bien un sujeto puede ser adicto a diferentes “objetos”, las toxicomanías parecieran ser los objetos más representativos de ésta patología y por ello arrogarse la representación de las adicciones en general o, dicho en otros términos, de los diferentes tipos de adicciones.
Por otro lado también es posible pensar que puedan tomarse a los fármacos, y en particular los psicotrópicos, (o sea, aquellos agentes químicos que actúan sobre el sistema nervioso central, y que traen como consecuencia cambios en la percepción, el ánimo, los estados de conciencia y el comportamiento), como la figura o el molde a partir del cual las otras “adicciones” toman su modelo.
Por lo tanto, si bien es posible considerar que todos los objetos funcionarían al modo de una droga en la medida que se establece con ellos un vínculo adictivo, sería posible pensar que la idea “adicción” corresponda al tipo de comportamiento de un sujeto a partir de la toxicomanía y las “otras” adicciones, ya sea al juego, las personas, al trabajo, etc. tomarían de las toxicomanías el modelo, al modo de una metáfora, para dar cuenta de la conducta que el sujeto manifiesta.

– El consumo y la sociedad de consumo.

Las adicciones ocupan hoy en día un lugar cada vez más importante dentro de la patología que afecta a la población en general. La gente joven y particularmente los adolescentes parecerían ser la población mas afectada. Recientemente se han difundido cifras que plantean que el 82% de los alumnos de escuelas secundarias bonaerenses consume bebidas fuertes, como tragos basados en vodka o gin . Del mismo modo es de público conocimiento que el consumo de estupefacientes ha ido incrementándose hasta el punto de llegar a ser extraño encontrar a algún adolescente que no haya estado en contacto con una droga o conozca alguien que sí lo esté. Se podría pensar entonces que ésta patología que se ha incrementado en los últimos tiempos, debe corresponder con un cambio que, mas allá del sujeto particular, afecte a la sociedad en su conjunto.
El tema de las adicciones parecería introducirnos entonces en otro tema, al parecer, íntimamente relacionado que es el de “consumo”. Según el diccionario, el consumo es la acción y efecto de utilizar comestibles u otros bienes para satisfacer necesidades o deseos (DRAE). Cuando hablamos de “sociedad de consumo” hacemos referencia a un tipo particular de orden social que está “basado en un sistema tendente a estimular la producción y uso de bienes no estrictamente necesarios.” (DRAE).
Si bien el consumo es algo inherente a todo ser vivo el hombre ha consumido en todas las épocas objetos, más allá de las necesidades vitales,  con objetivos distantes de los referidos exclusivamente a la supervivencia. Según la sociología, en los últimos tiempos, parece haber habido un cambio en la modalidad en la que el consumo se lleva a cabo. En este sentido se ha planteado que en la actualidad la sociedad de consumo procura que las personas tiendan a crear una serie de hábitos que llevan a un modo particular del consumo que se caracteriza por una superproducción de bienes, la predisposición a comprar y el despilfarro.
Bauman (2006), plantea que la sociedad de consumo justifica su existencia con la promesa de satisfacer los deseos como ninguna otra sociedad pasada lo¬gró hacerlo o pudo siquiera soñar con hacerlo. Plantea además que “esa pro¬mesa de satisfacción sólo puede resultar seductora en la medida en que el deseo permanece insatisfecho” (Pág. 120). Precisamente, “la no satisfacción de los de¬seos y la firme y eterna creencia en que cada acto destinado a satisfa¬cerlos deja mucho que desear y es mejorable, son el eje del motor de la economía orientada al consumidor.” (Ibíd.)
En este mismo sentido Chiozza y Obstfeld (1991h [1990]) consideran que “un componente importante de la llamada sociedad de consumo es la insatisfacción que en ella sufre el hombre, y la dificultad para gozar de lo que adquiere, lo cual lo lleva a adquirir cada vez más objetos, en una búsqueda ilusoria del bienestar. Esta última actitud implica siempre un derroche, en la medida en que estos objetos no serán aprovechados y en que, por esta misma razón, se perderán fácilmente.” (Pág. 266)
Bauman (2006) plantea que el motivo por el cual aquello que el sujeto ha poseído o alcanzado ya no interesa tanto como el que aún no se posee, es que dicha la compulsión a consumir trae aparejada una desvalorización del objeto una vez que se ha alcanzado.
Por su parte, Chiozza y Obstfeld  (1991h [1990]), sostienen que la dificultad para gozar de los objetos “surge del sentimiento de impropiedad de los medios con los cuales se los ha adquirido.” (Pág. 266) estableciéndose un círculo vicioso “por obra del cual se tiende a sustituirlos rápida y continuamente, en una actitud de derroche que está al servicio de la búsqueda ilusoria de un goce inalcanzable”. (Ibíd.)
Nos encontramos entonces con que el acceso a cuantiosos bienes no concuerda con el nivel de satisfacción del consumidor.
De este modo, podemos pensar que el impulso a buscar soluciones rápidas a los problemas y alivio para el do¬lor y la ansiedad es un aspecto de una conducta maniaca e ilusoria que contiene, en cierto modo, el germen de lo que sería posible observar en las adicciones, una situación que encubre el sufrimiento ante una situación melancólica caracterizada por un sentimiento de vacío que no logra llenar.
Así, la dificultad para tolerar la carencia, la frustración, sin correr a buscar algo que instantánea y momentáneamente lo calme, y el hecho que ese supuesto “calmante” esté tan al alcance de la mano y con un esfuerzo tan pequeño, conlleva un círculo vicioso en donde se recae una y otra vez en una ilusión y una ansiedad por poseer cada vez más.
Al respecto, Lorenz (1972) considera dos fenómenos comportamentales que amenazan la cultura. El primero de ellos, dice, es el mecanismo que asegura lo que Freud llamó ‘economía equilibrada del placer y el displacer’. El segundo, es la dificultad para transmitir el conocimiento tradicional desechando rasgos obsoletos y adquiriendo nuevos.
Respecto del primero, sostiene que unos síntomas de dicho trastorno son: el apremio a la satisfacción instantánea, la incapacidad para soportar cualquier clase de dolor y la poca disposición a moverse. El primero de estos síntomas se manifiesta en la disminución de la habilidad y el deseo de luchar en pos de objetivos que sólo pueden alcanzarse en el futuro; de ese modo, “cualquier objetivo que no pueda alcanzarse en seguida no vale la pena”. El segundo, en el elevado consumo de analgésicos y tranquilizantes; y el tercero lo relaciona con una insatisfacción permanente y con lo que Kart Hahn denomina pereza emocional. Al respecto dice: “el debilitamiento de la capacidad de sentir compasión es (..) un concomitante frecuente de la típica pereza de los adolescentes hastiados.” (Pág.70)
Para Lorenz (1972) la naturaleza de este trastorno se puede comprender, a nivel neurofisiológico gracias a dos conceptos, el primero lo vincula con una habituación o ‘adaptación sensorial’. Como una especie de fatiga a la que sucumbe a los fines de protegerse de un estímulo particular. El segundo está relacionado con la idea de ‘rechazo’ o ‘contraste’ que permite, justamente por comparación, “que las actividades aparezcan en arranques o ataques en lugar de ‘gotear’ constantemente” (Pág.75)
El autor considera que “el hombre moderno se ha empeñado tanto en evitar todo tipo de situaciones estimulante que causen displacer y ha sido demasiado listo en crear alicientes recompensantes ‘supranormales’ que no comprende que a los niveles mas altos de felicidad accesibles sólo se puede llegar explorando el fenómeno del contraste. Así, dice, “el hombre moderno lleva una vida tan regalada que rehúye pagar siquiera el tributo moderado de frustración y trabajo que la naturaleza ha fijado como precio de todo gozo terrenal” (Pág. 75) y continúa: “gastar cualquier gozo hasta el punto de agotarlo es mala economía del placer y, aun peor, empujar aun mas arriba el umbral levantado mediante la búsqueda de estímulos supranormales” (Pág. 76). “De este modo se amortigua la oscilación de la amplitud de las emociones hasta una oscilación apenas perceptible de placeres y displaceres diminutos dando por resultado un aburrimiento inconmensurable.” (Ibíd.)
De ese aburrimiento es del que intenta “salir” a través de múltiples “artilugios” recayendo una y otra vez en un círculo vicioso de insatisfacción y hastío. Es que, tal como dice Lorenz (1985) “la búsqueda de entretenimiento  es la temible antitesis del placer causado por el juego creativo”  y “la actitud anímica absolutamente pasiva  que favorece  esa inactividad no caracteriza tan solo al  hombre hastiado , sino también  al saciado, por no decir cebado” (Pág. 191)

– Adicciones e insuficiencia hepática

Chiozza concibe un modelo de aparato psíquico estructurado en torno a la función de materializar ideas. Dichas ideas a materializar son tramitadas como estímulos ideales y están contenidas tanto en los estímulos del mundo externo como en las formas ideales contenidas en el Ello. (G. Chiozza, 1998)
Cuando el yo es capaz de materializar el estímulo comporta un crecimiento yoico. En ese caso, el estímulo posee la cualidad de angelical. Si en cambio, un estímulo supera la capacidad de yo para materializarlo, produce una desorganización traumática del yo que tendrá entonces la cualidad de demoníaca. Frente a esta situación el yo implementa, como mecanismo de defensa, la escisión de una parte del yo que se separa del resto y “pasa así a formar un núcleo u objeto que contiene el ideal para ese yo” (G. Chiozza, 1998, Pág. 123)
La identificación masoquista del yo con este núcleo disociado, estado al que Chiozza denominó protomaníaco, genera sentimientos penosos como el aburrimiento, el taedium vitae o el sentimiento de vacío, el estar podrido, fastidiado, mufado, hasta llegar a una situación de letargo profundo. (Chiozza, 1970d [1963-1968]). Todos estos fenómenos y síntomas estarían relacionados entre sí y, además, “con el fracaso de la acción digestivo-envidiosa sobre los objetos del entorno, acción que se vuelve, entonces, sobre el propio organismo” (Chiozza, 2001l). (pág. 13)
La incapacidad para tolerar dichos sentimientos penosos puede conducir a una defensa secundaria: la búsqueda de aturdirse o anestesiarse mediante drogas o alcohol. Así, la droga tendría, para Chiozza, un efecto doble, por un lado facilitaría la identificación con las estructuras yoicas fetales contenidas en el núcleo aletargado, es decir promueve un estado maníaco y también insensibiliza frente a la destrucción que comporta dicha identificación (Chiozza, 1970d [1963-1968])
Para  Chiozza habría una unidad de significación entre el aburrimiento y ciertas formas menores de toxicomanías como el alcohol, el café y la adicción a algunos medicamentos y a las drogas. De modo tal que la adicción entonces constituiría un intento defensivo frente a una situación básica caracterizada como aburrimiento (Chiozza, 1970f [1964-1966]).
A partir de ello, Casali y Nagy (1996) plantean que las adicciones “comprometen un trasfondo hepático y un punto de fijación fetal que incluiría también a lo embrionario” (Pág. 31) y por lo tanto “la modalidad embrionario-fetal de ‘apegarse para recibir suministros’ puede actualizarse como una adaptación adecuada-formando lazos afectivos con personas o cosas, que solemos denominar apego, adhesión, arraigo etc. en vínculos normales que permiten un crecimiento o puede actualizarse con fines defensivos, como ocurre con el adherirse a algo a alguien ‘adictivamente’ , es decir ‘usándolo como droga’ para evadir un afecto penoso (aburrimiento, sentimiento de vacío, desolación, debilidad, insuficiencia, desesperación, depresión melancólica, etc.)” (Pág. 25). Esta situación que, en caso de comprometer una conducta repetitiva, de modo regular de relación, se configuraría un “carácter adictivo”.(Pág. 31)
Por otro lado, Chiozza y colaboradores, (1969b), a partir del concepto de interioridad planteado por Portman, sostienen que cada sustancia posee una fórmula química, que es su configuración particular, que la distingue en el carácter de su acción y en su conducta y constituye su ‘alma’ (Pág. 106). Dicho carácter de interioridad, que constituye la fantasía específica de esa sustancia, se combina luego con la interioridad propia de quien la consume en una reacción de una doble interioridad. Así, el encuentro del sujeto con la droga puede ser comprendido como el encuentro de dos interioridades que, al combinarse, constituyen la transformación de esa “doble” interioridad .
De manera que a partir de la relación entre un sujeto y la droga de consumo, se establecerá un tipo particular de vínculo que poseerá las características de las identidades particulares de los integrantes de esa “relación”. En este sentido los toxicómanos tendrán un tipo de relación con las drogas, particular y específica, que nos permitirá identificar el vínculo como un vínculo adictivo en el que cada una de las partes le brindara a la relación su componente activo sin el cual la relación íntegra no funcionaría. Un paso mas específico lo otorgará luego la particularidad propia de cada una de las drogas de consumo de manera tal que en el consumo, por ejemplo, de marihuana la transformación de la doble interioridad tendrá rasgos específicos que nos permitirá diferenciarlo del consumo de ácido lisérgico, de pseudoefedrina, de cocaína,  etc.

– El consumo en las adicciones

Muchas de las drogas que se consumen en el “mercado” no necesariamente fueron “concebidas” para los fines que las personas les dan hoy en día . Así, algunas de ellas, “nacieron” para cumplir un papel durante la iniciación a ciertas religiones, como sucede con algunas plantas psicoactivas  o para inducir estados particulares de conciencia  o como analgésicos  o anestésicos . Pero, con el tiempo, esos usos parecen haber ido cambiado y hoy en día nos encontramos con un uso, que podríamos llamar espurio, en el que a través de esas drogas el sujeto intentaría alcanzar objetivos que de otra manera posiblemente no conseguiría. Ello convierte entonces a una sustancia con fines religiosos en una “droga”, a través de la cual el sujeto intenta calmar una ansiedad y evitar enfrentarse con sentimientos de vacío,  aburrimiento, desolación, etc.
A partir de la idea de Lorenz (1972) que cualquier exceso funcional puede llevar a un desequilibrio destructivo (Pág. 68) podemos pensar que habría, entonces, por así decir, una conducta de “base” que no tendría, en principio, un objetivo dañino, como lo es el consumo, pero en la que se modifica el objetivo original de su existencia transformándose en una práctica desvirtuada a través de la cual, tal como plantamos anteriormente, intenta mantener alejada de la conciencia sentimientos penosos que el sujeto no soporta. Una práctica que podemos pensar que acarrea más consecuencias negativas que positivas para la vida del sujeto ya que, como veremos más adelante el sujeto, a medida que incurre reiteradamente en este modo ilusorio de satisfacción, se encuentra en peores condiciones para poder vivir sin ese “analgésico”.

Cuál es el “camino” que conduce a una adicción es una pregunta difícil de responder.

Chiozza (Chiozza, 1991 citado por Casali y Nagy, 1996) sostiene que “la adicción dentro de ciertos límites es un fenómeno normal, y habría una gradación que va desde pequeñas adicciones – que no solemos considerar enfermedades- hasta las grandes adicciones que se incluyen habitualmente dentro de la patología” (Pág. 9). Por pequeñas adicciones el autor considera a aquellas que habitualmente forman parte de las costumbres generales de la convivencia como sucede por ejemplo en una reunión en la que resulta casi inconcebible que no haya nada para llevarse a la boca o, como en los velatorios donde se sirve café. Una de las preguntas centrales – agrega el autor – es entonces ¿cómo se recorre el camino que lleva desde un límite más o menos normal en la adicción hasta la enfermedad?” (Ibíd.)
A partir del planteo de Chiozza de “núcleos inconcientes adictivos” (Chiozza citado por Zaffore, 1996) presentes en el psiquismo normal correspondientes a fijaciones embrionario-fetales que se reactualizarían en la adicción, Casali y Nagy (1996), sostienen que “una variación de intensidad en la reactualización de dichos puntos de fijación daría cuenta de la diferencia entre las pequeñas y las grandes adicciones”. (Pág. 25)
Antes habíamos mencionado el concepto de Chiozza y colaboradores (1969ª) de la doble interioridad. En la investigación sobre el Opio (1969c), los autores plantean que si el hombre entra en contacto esporádico con la droga, la transformación de la doble interioridad es superficial y fácilmente reversible; pero si el hombre se ‘acostumbra’ a la droga, “ha de permanecerle fiel; desarrolla una adicción, una dependencia que, a la manera de un vínculo simbiótico fetal-materno, lo lleva a colocar el epicentro de su vida en el elixir, (…) que penetra por sus venas.” (Pág. 113)
Tal vez entonces podemos comprender que la “variación de intensidad” estaría relacionada con la transformación de la doble interioridad, una transformación en las que las condiciones de dicho acostumbramiento esté dado por la habitualidad que se va “haciendo carne” con el tiempo.
La repetición de una situación o de un acto a lo largo del tiempo, o la disposición para llevarla a cabo, genera lo que conocemos como hábitos. (Moliner, 1996). Chiozza (Chiozza, 1995I [1994] cit. por Casali y Nagy, 1997) señaló que metapsicológicamente comprendemos los hábitos como lo que conocemos como la compulsión de repetición de la libido. Son costumbres o facilitaciones, procedimientos o conductas que se reiteran de un modo semejante.
Los hábitos están determinados por “todo el lastre y sedimento de las costumbres públicas y de la opinión” como la educación, las tradiciones, el medio social en que nos movemos como atmósfera de la cual nos nutrimos, los ejemplos que hemos recibido”, todo ello “representa una fuerza extraordinaria que gravita sobre el agente personal y ejerce en ocasiones una especie de coacción moral” (Montaner y Simón, 1912).cit. por Chiozza, 1991e [1990] Pág. 31)
Ortega y Gasset (1917) plantea que “para algunos biólogos contemporáneos la función mínima de la vida consiste en la capacidad de repetir. En un cuerpo mineral una impresión es tan nueva la segunda como la primera vez que se recibe. En un cuerpo vivo la impresión renovada encuentra aún vivaz su anterior influjo y traba con él una irrompible solidaridad, merced a la cual la impresión pasada se reconoce en la presente, y ésta atrae, resucita a aquella. Así se forma el hábito, acumulación de modificaciones pretéritas que reviven en todo momento y operan sobre la actualidad.” (Pág.177)
Tal vez algunos hábitos puedan responder a una importante economía de principio evitando reaprender una acción que se lleva a cabo con asiduidad, convirtiéndolos en alguna medida en automatismos. Tal como dice Ortega y Gasset (1924) “Las ideas sensibles de los cuerpos concretos fueron las primeras en fijarse y convertirse en hábitos. Ellas constituyen el repertorio más antiguo, más firme y cómodo de nuestras reacciones intelectuales. En ellas recaemos siempre que el pensamiento afloja sus resortes y quiere descansar.” (Pág.394) .Otros hábitos, en cambio, pueden ser producto de una inflexibilidad en la conducta, de una anquilosis (Chiozza y colab.,  1993k) y pueden llegar a ser perjudiciales.
Nuestros hábitos funcionan entonces como automatismos, como “procedimientos efectivos inconcientes, producto de juicios preformados, que constituyen el yo” (Chiozza, 1995o, Pág. 213); determinan una “particular manera de ser, que implica un modo de pensar, de sentir y de actuar constante y estable, configura lo que se conoce con el nombre de “carácter” (Chiozza y Dayen, 1995J).
Esquemáticamente podemos distinguir a los hábitos, en “buenos” y “malos”. A los hábitos dignos de elogio los llamamos virtudes (Aristóteles ), a los nocivos, dice Chiozza (Chiozza, 1991, cit. por Casali y Nagy, 1997), solemos llamarlos “vicios”. Lorenz (1972) sostiene que “no hay vicio humano que sea otra cosa que el exceso de una función que, en sí misma, es indispensable para la supervivencia de la especie” (Pág. 68).
Algo que se realiza “de vicio” implica la idea de que no hay una necesidad o motivo “real” de llevarlo a cabo y algo que se lleva a cabo “por vicio” da cuenta de una situación de la que el sujeto no pude librarse, al menos fácilmente. Se dice entonces que está “enviciado”.
Quien está “enviciado”, no sólo padece pasivamente su vicio sino que, además, dicho vicio intenta cumplir, al mismo tiempo, una función. En este sentido Casali y Nagy (1996) consideran que una importante motivación que lleva a un sujeto a adherirse a algo o a alguien lo constituye el deseo de “calmar rápidamente (‘fácilmente’) un estado de ánimo insoportable” (pag 31)
Coincidimos con las autoras  cuando plantan que “toda adicción es un vicio” (1997, Pág. 9) y por lo tanto, un acto que intenta compensar una carencia que se ha configurado, a partir de su reiteración, en un habito, perjudicial, consolidándose en una costumbre.

– Del acto circunstancial al uso habitual. La costumbre.

Para observar las etapas de pasaje del acto al hábito, en principio parece importante las consideraciones de las que parte la toxicología para diferenciar entre lo que considera como un “acto” de consumo ocasional, denominado habitualmente con el término “uso”, de lo que denomina “abuso” y “adicción”.
En toxicología se designa con el término “uso”  a “la utilización de la misma droga, frente a un mismo estímulo, pero sin regularidad en el tiempo” (Astolfi y col., 1988., Pág. 285). Constituye los primeros contactos del sujeto con la sustancia y las motivaciones pueden estar fundadas en diversas circunstancias. Por ejemplo, una “curiosidad” ocasional, como podría suceder en un reunión social entre adolescentes o un estudiante que tomara un estimulante para poder mantenerse despierto (estudiando) toda la noche o un deportista que, acosado por la competencia, recurra a estimulantes a fin de incrementar su rendimiento o la necesidad de satisfacer algo que no depende exclusivamente de la sustancia o el objeto de consumo sino de intereses indirectos, como podría ser un acto de rebeldía de un adolescente hacia los padres. Astolfi y colaboradores (1988) los definen entonces como “usadores de droga” y si bien, dicen, no se consideran toxicómanos, se encuentran en sus fases iniciales.
Es posible pensar que a pesar que al parecer por esta definición que encontramos en la toxicología, el “uso” de una “sustancia” parecería tener un cierto carácter “inocente”, creo importante tener en cuenta que implica ya el consumo a partir de una fantasía particular que podría conducir, como veremos luego, a perpetuarse en el tiempo.
El “abuso”, implica un uso de una misma sustancia en diferentes situaciones y /o el empleo de más de una sustancia con distintos fines. La característica que diferencia a esta etapa de la siguiente es que al parecer no hay un consumo regular en el tiempo, y mantiene, como en la etapa anterior, un consumo ocasional o circunstancial.
En el caso antes mencionado del estudiante, implicaría un uso del fármaco no sólo para estudiar, de vez en cuando, toda la noche, sino además su empleo con otras motivaciones, como el rendimiento deportivo o el bajar de peso, etc. o también la utilización de distintos fármacos, en forma compensatoria, como por ejemplo estimulantes para estar despierto y depresores para dormir ya que la sobreexcitación no le permite conciliar el sueño y luego estimulantes nuevamente ya que no puede despertarse. De esta manera cae en un círculo que se retroalimenta a sí mismo y que no por casualidad se denomina “vicioso”, si bien todavía no se ha configurado como un hábito. (Ibíd.)
Tal vez entonces podamos pensar que en este período el sujeto si bien no es adicto a una sustancia, si lo es a provocarse estados de ánimo a través de un fármaco.
Un paso más allá, el proceso adquiere regularidad en el tiempo y se hace permanente, entrando en una adicción franca en donde el uso habitual y compulsivo caracteriza esta etapa con el consecuente corolario del deterioro general y el perjuicio social.
¿Cual es el momento de “pasaje” entre la “normalidad” y la “patología”?, ¿es una cuestión cuantitativa solamente o al modificarse cuantitativamente se modifica indefectiblemente cualitativamente? ¿Que factor podría conducir a regularizar el consumo en el tiempo?
Todo parece indicar que se ha producido un cambio en el vínculo con “la sustancia”, un cambio que se caracteriza por la dificultad para prescindir  de “la droga”; y tal vez no pueda dejar de consumir debido a que a partir de ese cambio, ya la vida, sin la droga, no es la vida que el consumidor desea.
Tal como plantea Chiozza, cuando afirma que “las fantasías presentes en (..) algunas  adicciones, parecen revelar que el hombre, (…) alienta deseos ilusorios de conseguir, [a través del objeto de adicción], la potencia necesaria para satisfacer, sin esfuerzos y sin espera, todos sus anhelos.” (Chiozza y colab., 2001m, Pág. 162)

– La dependencia.

Bateson (1989) considera que las relaciones de dependencia se pueden dividir en 3 niveles:
El primer nivel se trataría de la dependencia sistémica y abarca a la relación con aquellas cosas sin las cuales no es posible el funcionamiento de la vida. Ejemplo de ello son la relación con el aire, o la gravedad o la relación del pez con el agua.
El segundo nivel, dice, comprende el proceso de adquirir esa dependencia. En este punto, el modelo es comparable al modelo del aprendizaje, adaptación, aclimatación, etc. Lo constituyen aquellas dependencias que pueden ser reversibles a cierto costo o irreversibles; son dependencias estables, que constituyen adaptaciones a un nuevo contexto, a través de la cual puede alcanzar soluciones verdaderas a determinadas necesidades. Ejemplifica este nivel con el uso de un medicamento para tratar la hipertensión arterial y dice “en ese caso uno seguramente es dependiente: la medicina se ha convertido en parte del sistema de uno” (Pág. 136). Tal vez entonces podamos incluir en esta categoría lo que antes planteamos como “uso”.
El tercer nivel, estaría representado por aquel en el que “uno se entrega a menudo a las drogas o al alcohol o a la carrera armamentista y aquí se produce una escalada de creciente intensidad.” (Ibíd.) En este sentido plantea que “con el término adicción nos referimos no sólo a un procesos de creciente intensidad sino también a un proceso en el cual el paso a la adicción se considera de adaptación o terapéutico o quizás sólo estimulante, aunque en realidad ese paso deja sin satisfacer la necesidad” (Ibíd.)
El autor considera entonces, que la adicción responde a una necesidad que no se satisface con aquello que consume y a lo que se adhiere. A pesar de ello, tal como plantea Chiozza (Chiozza 1991 cit. por Casali y Nagy, 1996) “el tema de la descarga sustitutiva en la adicción, es ubicuo”, es una característica de cualquier síntoma. En este sentido, siguiendo a este autor, que el consumo de una sustancia, constituya un intento fallido de gratificación sustitutiva a la que un sujeto se ha habituado, no parece lo más característico de una adicción.
Tal vez entonces lo que mas se acerque a especificarla sea la necesidad creciente, lo que Bateson llama “en escalada” y que la medicina calificó con el nombre de “tolerancia”. Dicha tolerancia parecería implicar la idea de un acostumbramiento que comporta cierto grado de destrucción, en donde el sujeto cuanto más consume, en peores condiciones se encuentra y precisa cada vez más droga para intentar enfrentar aquello que, sin la droga, cree que no puede. Por lo tanto paulatinamente está en peores condiciones y necesita, a través del incremento en la dosis, más efecto. Esta situación termina debilitando cada vez más al sujeto y por lo tanto el problema se agudiza.
Podíamos imaginarlo como acostumbrarse a vivir con un objeto que promete una satisfacción futura y por lo tanto, soportar “su” trato sería, en un principio, “el costo que debe pagar”; pero luego, con el tiempo, llega a  habituarse, al punto de no sentir algunos de los efectos  perjudiciales o ignorarlos. Imposibilitado de hacer el duelo por una elección fallida, intenta la solución por el mismo camino y se aferra más a aquello que supuestamente le brindaría la satisfacción, incrementando su debilidad y alejándose de la posibilidad de separarse de ese objeto. Tal vez pueda comprenderse de este modo,  lo que Lorenz planteó como “habituación” o “adaptación sensorial”. Así, la droga, se lo iría “comiendo” paulatina y silenciosamente, con la complicidad del sujeto.
La inmunología usa el término “tolerancia” para describir un proceso activo a través del cual se evita el “auto-reconocimiento”. Dicha tolerancia, que permite distinguir entre lo propio y lo ajeno, es lo que determina que una célula reconozca un antígeno cuando no es propio, o sea cuando es potencialmente dañino para sí mismo.
Usando la misma metáfora entes esbozada, sería posible pensar que la tolerancia implicaría la aceptación de una convivencia con un objeto en la que el sujeto piensa que va a obtener una ganancia pero va “perdiendo” paulatinamente su capacidad de discernir no sólo aquello que lo perjudica sino también algo respecto de su propia identidad. Es posible pensar que dicha pérdida coincidiría con la “anestesia” de las toxicomanías que Chiozza (1970n [1968]) plantea que tendría la función de insensibilizar al yo frente a la destrucción que comporta la identificación con estructuras yoicas fetales contenidas en el núcleo aletargado.
En ese sentido el fenómeno de la tolerancia o acostumbramien¬to, daría cuenta de la transformación de esa doble interioridad que plantea Chiozza y en la que, como sostiene la farmacología (Litter, 1966 cit. Por Chiozza 1970ª), dicha transformación llega incluso, a nivel celular .

– Los hábitos y las normas. El SY como decantación de “la voz de los padres”. Las normas como decantación del SY.

Las normas  son las “reglas que se debe seguir o a que se deben ajustar las conductas, tareas, actividades,” (DRAE). Dichas reglas, se pueden establecer como producto de la decantación de acciones eficaces y tienen la cualidad de ser compartidas consensualmente. De modo que las normas funcionarían como, lemas , que se han incorporado como automatismos y que tiene la característica de un hábito .
Los hábitos que, como dijimos antes, determinan una “particular manera de ser, que implica un modo de pensar, de sentir y de actuar constante y estable” (Chiozza y Dayen, 1995j Pág. 163), determinarán entonces, cuando son individuales, las normas individuales y cuando están destinadas a regir la conducta grupal, las normas sociales. Dichos hábitos configuran lo que se conoce con el nombre de ‘carácter’ (ibid).
Chiozza y Dayen (1995j) plantean que el carácter está constituido por las normas propias que se han incorporado y que son, en su mayor parte,  inconcientes y egosintónicas, a diferencia de las normas de la autoridad externa, impuestas por los padres o la sociedad, y las normas superyoicas (conciencia moral), “interiorizadas”, que son vividas como ajenas al yo (Pág. 163) El carácter se constituye, así, tal como lo plantean los autores siguiendo a  Freud, como un conjunto de pre-juicios que determinan entonces nuestros hábitos.
Según Chiozza y colaboradores (1991e [1990]) el carácter de una persona posee rasgos más o menos saludables con los que se vincula con el mundo y con los demás. En los vínculos sociales los modos de relación que se configuran en torno a la solidaridad se establecen con los rasgos más saludables del carácter. Son aquellos vínculos en los cuales “cada una de las partes asociadas obtiene algún provecho de la vida en conjunto y que son igualmente responsables por el mantenimiento del vínculo y por las consecuencias que la existencia de esa relación ocasiona” (Pág. 32). En cambio, dicen, “los rasgos más rígidos, menos dispuestos a la reforma, producen vínculos de adhesión pero no de solidaridad. Se trataría, entonces, de vínculos simbióticos sostenidos a partir de hábitos y costumbres anacrónicos que son vividos como imposibles de reformar. La vivencia proviene del hecho de que son hábitos que defienden al yo de la integración de aspectos no nacidos. Estos aspectos, proyectados en un partenaire, se manifiestan en la adhesión en un vínculo simbiótico que no logra convertirse en la solidaridad de un vínculo genital.” (ibid.)

¿A que se refieren los autores cuando dicen que los rasgos rígidos del carácter provienen de hábitos que defienden al yo de la integración de aspectos no nacidos?

El yo se configura a imagen y semejanza del ideal del yo que forma parte del ello (identificación) mediante un proceso que Chiozza (1970ª) ha descripto en dos fases: “Por una parte, el yo introyecta estímulos o ideas, que configuran el plano, proyecto o modelo a copiar (introyección “visual-ideal”). Por otra parte, el yo incorpora la sustancia, la materia necesaria para dar cuerpo al modelo. Debido a que el hígado se presta adecuadamente para simbolizar esta función y teniendo en cuenta su carácter material, a esta incorporación Chiozza la denomina “hepático-material”. En este sentido, el autor sostiene que el yo “hepático-material”, que asimila y transforma en carne propia los ideales, es la sede principal del sentimiento de identidad.” (Chiozza, 1970ª, 1970n [1968]).
Chiozza y colaboradores (1996c [1995]) sostienen que “la identidad  lograda o bien establecida es aquella en la que lo concretado materialmente se asemeja al proyecto ideal, de modo que puede ser reconocido como una copia del modelo. Los aspectos que no llegan a materializarse y permanecen como modelos ideales generan lo que el psicoanálisis estudió como la primera disociación del yo: la constitución del ideal del yo.
Dicho ideal de yo, en calidad de superyo, funciona como una instancia con la que el yo se compara y a la que aspira alcanzar, una instancia que se establece como decantación (entre otras) de la instancia parental.
Freud (1933ª [1932]) plantea que el fragmento más importante y decisivo del carácter, lo crea, “la incorporación de la anterior instancia parental en calidad de superyó, (..) luego, las identificaciones con ambos progenitores de la época posterior, y con otras personas influyentes, al igual que similares identificaciones como precipitados de vínculos de objeto resignados” . (Pág. 84).
Así, tal como lo plantean Chiozza y colaboradores, (1996c [1995]) si las distintas identificaciones (primarias y secundarias) (..) “se integran armoniosamente , permiten el establecimiento de una identidad sólida en la que se amalgaman de un modo estable distintas cualidades.” (Pág.221). De modo que podemos suponer que la dificultad para lograr esta integración redundará en distintas patologías entre las cuales se encontrarían las adicciones.
Antes habíamos hablado de dos fenómenos comportamentales que Lorenz consideraba como amenazas hacia la cultura. Del primero hablamos en el apartado concerniente al consumo. Respecto del segundo, -la dificultad para transmitir el conocimiento de las tradiciones-, el autor plantea que el proceso de identificación  se ve severamente entorpecido  por la falta de contacto entre las generaciones, es decir entre padres e hijos. Así, dice es “la falta de una identificación normal la que causa la alarmante ruptura del mecanismo cuya importante función de supervivencia  consiste en tamizar, además de transmitir, la tradición cultural de una generación a otra” (Pág. 88). Sostiene que una forma en la que se manifiesta la rivalidad entre generaciones es a través del odio que se hace notorio tanto desde las generaciones más jóvenes hacia los más viejos como a la inversa. En ambos se manifiesta, en principio, un rechazo mutuo, ya sea como desprecio por las viejas tradiciones o por las modernas costumbres y esta hostilidad mutua, dice, puede alcanzar, mediante un proceso de escalada, niveles peligrosos.
De este modo parecería poder establecerse entonces una vinculación entre la falta de identificación, con las normas sociales de la cultura paterna con fenómenos patológicos.
Sería posible pensar a partir de lo planteado que la mayor propensión de los adolescentes a las adicciones pueda comprenderse a partir estas consideraciones ya que es durante este período en el que el adolescente, replantea los valores y las normas familiares en su camino de consolidación de sí mismo. Así como también  atraviesa por fluctuaciones entre sensaciones de dependencia e independencia, a los fines de separarse de su núcleo familiar, endogámico y “dirigirse al mundo.”
Freud (1933ª[1932]) sostiene que “el mismo padre (la instancia parental) que dio al niño la vida y lo preservó de sus peligros le enseñó también lo que tenía permitido hacer y lo que debía omitir, le ordenó consentir determinadas limitaciones de sus deseos pulsionales, le hizo saber qué miramientos hacia padres y hermanos se esperaban de él si quería ser un miembro tolerado y bien visto del círculo familiar y, después, de unas asociaciones mayores. Mediante un sistema de premios de amor y de castigos, se educa al niño en el conocimiento de sus deberes sociales, se le enseña que su seguridad en la vida depende de que sus progenitores, y después los otros, lo amen y puedan creer en su amor hacía ellos.” Y continúa diciendo que “las prohibiciones y demandas de los padres perviven en su pecho como conciencia moral” (Pág. 151)
En este sentido adquiere particular relevancia el vínculo paterno por lo que éste implica en relación a las normas, la ley y la moral.
Podemos suponer entonces que el sujeto, en el intento de alcanzar el ideal de identidad anhelado, de ser quien desea y en su renuencia a ser quien puede ser, vive su impotencia (insuficiencia hepática) como consecuencia de una exigencia que “reclama” el ideal del yo  (figurados en los padres o sus representantes) como si fuera una dificultad “externa”. Así, siente que no es él el que no puede, sino los padres o la sociedad, con sus normas y sus reglas, los que no lo dejan ser. De este modo, proyecta en los demás el motivo de su fracaso acusándolos de su impotencia.

En su imposibilidad de hace el duelo por el “yo” posible, ya que lo vive como un sometimiento a las normas, buscaría a través del objeto de adicción un camino lateral, mágico, a través del cual “funcionaría” regresivamente, como el self del niño y el primitivo , intentando llegar a ser lo que desea ser sin tener que duelar ni someterse a las normas que lo hacen sentirse impotente y frustrado. De este modo, por ejemplo, con la cocaína, “tendrá” la potencia para hacer (Casali y Nagy, 1997) y con la marihuana, el tiempo para crecer y desarrollarse (Obstfeld y Obstfeld, 2007, 2008).
Así, este intento de configurar “normas propias” que lo salven de la frustración, (situación que podría tener un aspecto positivo si no fuera porque nacen de la defensa paranoica frente al sentimiento de castración e impotencia y no de una verdadera “revolución normativa” producto de una elaboración lograda y de una identidad consolidada) “haciendo la suya”, sus propias leyes, lo “convierte” en aquello con lo que muchas veces se identifica el adicto como un ser “antisocial” en quien la droga le proporciona la ilusión que ha llegado a ser, al menos momentáneamente, quien desea.
Es posible pensar, además, que el deseo de alcanzar sus anhelos de un modo maníaco, pasando por encima de las normas y las leyes, así como contiene sentimientos de odio y rivalidad, conlleve inevitablemente sentimientos de culpa frente a fantasías de un triunfo maniaco, que en nivel edípico las podemos comprender como unas fantasías parricidas de las que espera, inevitablemente, un castigo.
Tal como plantea Chiozza, (2005ª) “la cuestión de poder o no poder, (…) determinará, a la postre, aquella entre el ser y el no ser. Podemos o no podemos (…) . Cuando, atenazados entre la culpa y la impotencia, nuestros ideales, convertidos en demonios, nos duelen, nos empecinamos en no resignarnos a perder su amor; y a veces, en el espejismo de los caminos fáciles, cometemos el error de confundirlos con corderos benévolos que mantienen cierto trato con lo angelical”. (Pág. 225)
Por lo tanto, al no poder alcanzar el ideal de identidad, la intolerancia de la desilusión lo conduce como planteamos, a la necesidad de buscar en la droga una fantasía ilusoria, ya que cada vez tolera menos ser quien puede ser, ni poder lo que puede, ni aceptar la equivocación ya cada vez se encuentra mas lejos del punto de bifurcación en el cual el desvío tal vez no hubiera costado tanto. La droga le “permite” entonces, mágicamente, prolongar el período de enfrentamiento con esta realidad que le resulta insoportable ya que al menos por un rato tiene la ilusión de completitud que anhela.
Pero, en la medida que la “magia” no da sus anhelados frutos, necesita reforzarse en ese mismo mecanismo acostumbrándose cada vez más al efecto de “esa dosis” tanto para mantener la ilusión como para negar la culpa que esa ilusión le produce, deteriorándose paulatinamente cada vez más. De este modo, el uso se transforma en hábito y el hábito en costumbre hundiéndose en un vínculo patológico con la “sustancia” que le promete alcanzar lo que desea. Ese canto de sirenas que, como lo plantea G. Chiozza y colaboradores (1993), implica el sometimiento a un superyo tanático que lo mantiene adosado, pegado, dependiente y débil, en un vínculo del que no se puede librar porque se le ha hecho carne (al modo de una simbiosis) y con el que queda cada vez más castrado, más impotente y más ensoñado.

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2 Comentarios Dejá tu comentario
  1. Claudia
    Ene 10 2014

    Muy interesante articulo, muy completo.
    Se me hizo un poco complicado de interpretar en algunos aspectos ya que no tengo una formacion en tal sentido, pero en lo general se interpreta bien.
    Gracias

    Responder
  2. Mar 30 2011

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    Responder

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